Horas después, en un piso franco en Londres, el aire olía a polvo, metal y derrota. Las luces bajas proyectaban sombras largas en las paredes desnudas. Victor, de pie junto a una mesa cubierta de dispositivos abiertos, bajó la mirada mientras hablaba. Su voz, grave, tenía un filo de tristeza que no solía mostrar.
—Es oficial —murmuró, sin atreverse a mirar a Sophie—. Mateo Sterling está muerto. Lo encontraron en los restos del segundo coche bomba. No tuvo oportunidad.
Sophie sintió que el aire