En Escocia, el viento azotaba los acantilados con un lamento persistente mientras en una vieja casa de piedra, Dalia y Elena Ramírez trabajaban bajo la tenue luz de varias pantallas. El cuarto olía a café frío y tensión acumulada. Dalia, con el ceño fruncido y las gafas en equilibrio al borde de la nariz, golpeaba el teclado con precisión quirúrgica, mientras Elena caminaba de un lado a otro, cruzada de brazos, su mirada fija en el monitor como si esperara que el USB hablara por sí solo.
—Ahí e