Las grietas
La madrugada se había posado sobre Londres como un velo húmedo y espeso, pero Logan no lograba encontrar descanso. Permanecía inmóvil junto al ventanal de su ático en Knightsbridge, con una copa de whisky en la mano y la camisa desabotonada hasta el pecho, como si el aire frío pudiera calmar el incendio que le devoraba por dentro.
Las luces lejanas de la ciudad titilaban como estrellas caídas, indiferentes al caos que se gestaba en su pecho. Apoyó la frente contra el cristal, cerran