Mundo ficciónIniciar sesiónEl alba apenas teñía de un violeta incierto los techos de Butimerin cuando el autobús se detuvo con un suspiro metálico. A lo lejos, el coche de Simona aguardaba como una mancha oscura frente a la plaza, pero el mundo se reducía, en ese instante, al espacio estrecho entre Idara y yo.
La ayudé a bajar. Al rozar su mano, sentí una descarga eléctrica que ella no pareció ignorar; sus dedos demoraron un segundo de más sobre los míos, una ancla breve en el aire frío de la mañana. Le ofrecí llevarla, más por prolongar el encierro del viaje que por cortesía, pero ella negó con la cabeza, una chispa de misterio bailando en su mirada.
—No puedo —murmuró, y esa negativa sonó más a una promesa que a un rechazo.
Fue entonces cuando el pulso me traicionó. Armándome de un valor que no sabía que poseía, rompí la distancia y le pedí su número. Idara no respondió de inmediato; me sostuvo la mirada, midiendo el peso de mi audacia, hasta que una sonrisa lenta, casi felina, curvó sus labios. Me lo dictó mientras yo sentía el calor de su voz vibrando en mis oídos.
—Adiós, Joel —dijo ella.
Antes de que pudiera reaccionar, se acortó el último centímetro de aire. Sentí la suavidad de su piel contra la mía cuando dejó un beso en mi mejilla, tan cerca de la comisura de mis labios que pude respirar el aroma a jazmín y cansancio del viaje que emanaba de su cuello.
—Adiós, Idara —alcancé a decir, mi voz reducida a un susurro que se perdió en su piel.
Me quedé estático, con el rastro de su calor aún quemándome el rostro, viéndola caminar con ese vaivén hipnótico hasta que la esquina de la plaza se la tragó por completo, dejándome a solas con el amanecer.
El sol de Butimerin no terminaba de despuntar, pero el pueblo ya respiraba. Caminé hacia el coche de Simona con el paso firme de quien reclama su lugar en el mundo, aunque por dentro los nervios me jugaran una carrera distinta. Noté, casi de inmediato, que la plaza no estaba tan vacía como dictaba la hora. Había ojos tras los visillos de las casas bajas, hombres apoyados en las esquinas que detenían su charla para seguir mi trayectoria. En un pueblo pequeño, un forastero que regresa es un evento; un heredero que vuelve es una amenaza o una promesa.
Ignoré lo obvio. No estaba allí para dar explicaciones a las sombras. Me subí al vehículo y el aroma a cuero viejo y al perfume floral de mi hermana me envolvió como un escudo. Me sentía extrañamente relajado, una paz que solo llega cuando dejas atrás el asfalto de la ciudad para hundir los pies en la tierra que te vio nacer.
Simona no esperó a que cerrara la puerta del todo para lanzarse sobre mí. Su abrazo fue un torbellino de energía, un apretón que me recordó que, a pesar de los años y las distancias, seguíamos siendo los mismos niños que se escondían en los cafetales.
—¡Estás aquí, Joel! Por fin estamos completos —exclamó, con una vibración en la voz que delataba una felicidad casi infantil.
Arrancó el coche y emprendimos el camino hacia la nueva propiedad. Mientras el paisaje se transformaba en una sucesión de verdes intensos y montañas azuladas, Simona comenzó su informe. Era la cronista oficial de nuestra nueva vida.
—No vas a reconocer el pueblo, hermano. Ha crecido de una forma salvaje. Han llegado nuevos hacendados, gente con dinero de la capital y el ojo puesto en las tierras fértiles. El café está volviendo a ser oro, y todos quieren una tajada.
Respiré hondo, llenando mis pulmones con ese aire cargado de humedad y clorofila. Escucharla me producía una mezcla de orgullo y ansiedad. Butimerin ya no era el refugio olvidado que dejamos; era un tablero en plena partida.
—Mi tienda ha sido un éxito absoluto, Joel —continuó ella, moviendo las manos con entusiasmo mientras conducía—. Causó tal furor que ya no doy abasto. Estoy buscando a dos personas para que me ayuden, porque la demanda es ridícula. Y Samuel... bueno, Samuel se ha convertido en el rey de la zona. Se hizo con un establo impresionante. Tendrías que haber visto la fila de gente que se presentó en la casa buscando trabajo.
—Me lo imagino —dije con una sonrisa—. Samuel siempre tuvo ese don de mando silencioso.
—Nana Silvia está encantada —añadió Simona, bajando un poco el tono—. Ella misma tomó a una mujer para ayudar en la casa. Es una madre soltera, muy trabajadora. Y no vas a creerlo... es Alma. ¿La recuerdas? La chica con la que compartíamos juegos de niños, la hija de los antiguos capataces.
El nombre trajo consigo una ráfaga de recuerdos, rodillas raspadas, secretos susurrados bajo los árboles y la inocencia de una época previa al exilio. El pueblo estaba cambiando, sí, pero sus raíces seguían entrelazadas con las nuestras.
Al llegar a la propiedad, la sorpresa fue mayúscula. La construcción que Samuel había mandado levantar era imponente, una mezcla de arquitectura moderna y respeto por la tradición colonial. Me di cuenta de inmediato de que aquello no era una improvisación; Samuel lo había planeado durante años en el silencio de São Paulo. Cada viga, cada ventana, cada ángulo de la casa estaba diseñado para dominar el valle.
Apenas cruzamos el umbral, el aroma a pan recién horneado y chocolate con especias nos dio la bienvenida. El desayuno estaba servido en una mesa de madera maciza que parecía haber crecido del mismo suelo. Allí apareció Alma. Sus ojos se abrieron de par en par al reconocernos. Hubo un segundo de tensión, un reconocimiento mudo que amenazaba con desenterrar demasiadas historias. Samuel y yo intercambiamos una mirada rápida y, casi al unísono, le pedimos silencio con un gesto cómplice. Por ahora, queríamos que el pasado se mantuviera en las sombras de la memoria; el presente era demasiado brillante para empañarlo.
Desayunamos en la cocina, integrados con algunos de los trabajadores contratados. El ambiente era de una lealtad vibrante. Teníamos caballos de pura sangre relinchando en los establos, la casa amoblada con un gusto exquisito y una planificación detallada para la nueva plantación. Observé a Samuel mientras servía más café. Su postura era distinta, sus hombros ya no cargaban con el peso del estrés corporativo. Sus ojos reflejaban una plenitud que nunca le vi en la ciudad. En ese momento lo supe con certeza: Samuel jamás volvería a São Paulo. Él había encontrado su reino.
Tras el desayuno, me retiré a mi habitación. Mis pertenencias ya estaban allí, ordenadas con una eficiencia que gritaba el nombre de Nana Silvia. Me senté en el borde de la cama y llamé al tío Arminio. Era un trámite obligatorio, una notificación de llegada que se sentía como un informe de libertad condicional.
—Debes presentarte en la iglesia hoy mismo, Joel —dijo su voz seca a través de la línea—. Se ha dispuesto que vivas en las instalaciones de la parroquia mientras dure tu servicio. Son las reglas.
—Entiendo, tío. Solo obedezco —respondí, aunque por dentro sentía una punzada de rebeldía. Al colgar, me sorprendí a mí mismo susurrando un mantra para mantener la cordura— Son solo seis meses... seis meses más y seré libre.
Al levantar la vista, vi a Simona apoyada en el marco de la puerta. Me miraba con una expresión divertida, como si pudiera leer mis pensamientos de cautiverio.
—Deja de contar los días como un preso y ven afuera —me retó—. Samuel preparó los caballos. Vamos a ver de qué somos dueños ahora.
Salimos a las caballerizas casi corriendo. La rivalidad infantil resurgió de golpe; nos empujamos y reímos mientras Samuel nos gritaba que nos detuviéramos, aunque él mismo no podía ocultar su sonrisa. Tres caballos nos esperaban, impacientes por sentir el terreno. Montamos y, como una exhalación, recorrimos las tierras de límite a límite. El galope era una forma de libertad que no tiene precio.
—¡Es enorme! —gritó Simona cuando nos detuvimos en la cresta de una colina que dominaba toda la propiedad—. Es mucho más de lo que teníamos antes. Aún recuerdo los linderos viejos... esto es el doble.
Ella observaba cada detalle con una intensidad casi predadora. Estaba grabando cada hectárea en su mente, reclamándola como suya.
—Sí —intervino Samuel, acariciando el cuello de su caballo mientras recuperaba el aliento—. El dueño anterior compró el terreno que pertenecía a la familia Fuentes. Se marcharon de Butimerin poco después que nosotros, parece que la mala suerte los persiguió. Ahora todo esto nos pertenece.
—¿Y los vecinos? —pregunté, sintiendo un presentimiento extraño.
—Aún limitamos con los Sousa —respondió Samuel, y su tono se volvió más serio, más informativo—. Pero ya no son lo que eran. Se dedican exclusivamente a la ganadería. La hacienda ya ni siquiera mantiene el nombre original, ahora son los "Sousa de Martínez".
Ese nombre fue como un latigazo. El apellido Martínez resonó en mi cabeza con una frecuencia distorsionada. Me quedé helado sobre la silla, sintiendo que el aire se volvía denso y difícil de tragar. ¿Martínez? No podía ser una coincidencia.
—¿Estás bien, Joel? —Samuel se acercó a mí, siempre atento a mis cambios de humor—. Te pusiste pálido de repente.
—Es solo... ese nombre. No lo esperaba.
Samuel suspiró y asintió, comprendiendo que el pasado siempre encuentra una forma de filtrarse por las grietas.
—Traté de averiguar más para darte respuestas, hermano, pero el pueblo es hermético con ellos. Solo sé que Don Rolando falleció hace un par de años y que la familia estuvo a punto de perderlo todo. Los Martínez aparecieron como salvadores o como buitres, depende de a quién le preguntes. La situación allí es complicada.
Inspiré profundamente, tratando de recuperar el control de mis emociones. La euforia del galope se había transformado en una cautela fría. Miré a mis hermanos, que me observaban esperando una reacción.
—Ya lo sabemos —dije finalmente, con una sonrisa amarga que no llegaba a mis ojos—. Pueblo chico, infierno grande.
Simona y Samuel asintieron en silencio, compartiendo ese peso que siempre nos unía frente a lo desconocido. Giramos los caballos y emprendimos el regreso a casa. El sol ya estaba en lo alto, iluminando la tierra fértil que ahora era nuestra, pero por primera vez en el día, me di cuenta de que las sombras en Butimerin son largas, incluso al mediodía.
El almuerzo nos esperaba, y con él, la realidad de una vida que apenas comenzaba a revelarnos sus verdaderos secretos.







