Mundo ficciónIniciar sesiónTres meses pasaron entre que comencé a hacer mi papeleo y obtuve las pruebas médicas, antes de que emprendiera mi viaje, suspire cuando me vi en la entrada del aeropuerto, seguido por otros cuatro muchachos, abrace a mis hermanos, Simona estaba con los ojos llenos de lágrimas intentando no llorar, se parecía tanto a mamá, mientras que Samuel permanecía duro, ellos se esforzaron, pero después de un abrazo las lágrimas fueron inevitables.
– Volveré – dije – volveré, no importa cómo, pero volveré, no se acostumbren a ser dos.
– Siempre seremos tres – dijo mi hermana.
– Los tres – repuso Samuel.
Y sin más que decir me marché, me marché dejando la mitad de mi corazón en el país y la otra llevándome a Roma.
10 años después…
Solo un par de meses más me repetía.
Estaba en la parroquia en la que me tocaba, observaba como todos se acercaban a mi colega, quien era el cura fijo aquí, nosotros solo estábamos de paso, de hecho, hace poco había salido de mi parroquia, ya que había tomado un seminario que me permitió estudiar y cumplir mi sueño de convertirme en médico.
Suspiré cuando todos los devotos agacharon sus cabezas y comenzaron a rezar, mordí mi labio al ver a una joven viuda que lucía espectacular de negro, tenía su luto puesto, pero seguía viéndose sensual, saltaba a la vista que buscaba remplazo para su recién fallecido esposo.
Pero como aprendí en la iglesia “no somos nadie para juzgar”, sonreí cuando ella se me quedó viendo no lo podía evitar, había pasado 8 años sin ver a una mujer en carne y hueso sentada sobre mí, o abajo, donde la viuda iría muy bien, algo tímida, que no le quedaba apartó la vista, mientras con sus manos apretaba la biblia.
Poco después la misa acabó, esa tarde tenía que estar en el confesionario, me gustaba esa tarea, me enteraba de muchas cosas con las que mi imaginación volaba. Perdido en mis pensamientos escuché la puerta de la iglesia abrirse, unos pasos se aproximaron hasta el cubículo de al lado y una sutil, fingida y suave voz habló.
– Ave maría purísima.
– Sin pecado concebido – respondió enseguida.
– Cuéntame, hija ¿Qué te trae por acá? – pregunté, mientras me persignaba y un aroma algo cítrico inundaba mi nariz.
– Llevo una semana sin confesarme, padre – respiró fuerte llamando mi atención, la viuda – me siento sucia, soy una pecadora – dije mientras de su boca salían sonidos algo guturales, porque a esos no se le llamaban gemidos.
– Hija ¿Qué ha sucedido? – pregunté intrigado.
– He estado mirando a un hombre, un hombre sagrado – podía adivinar que se trataba de uno de nosotros, habíamos tres sacerdotes en ese lugar – me acalora, no sé qué me pasa, pero es en estos momentos en donde más extraño a mi esposo – no sé por qué, pero no le creía nada, según el sacerdote mayor, ella se había casado con el hombre casi por obligación, bueno quien sabe, quizás en el lecho matrimonial las cosas habían cambiado.
Fue entonces cuando me vi sosteniendo mi hinchada erección con mi mano, esto pasaba mucho últimamente, le di a rezar algunos padres nuestros, otra ave maría y la deje ir, tenía la impresión de que si seguía viéndola me la comenzaría a imaginar gateando, semidesnuda, con sus grandes pechos a mi merced, subiendo por mis piernas mientras su lengua alcanzaba mi mástil.
Desesperado metí mi mano bajo la sotana y como un adolescente comencé a masturbarme pensando en los generosos pechos, curvas y trasero de la viuda, como me gustaría que abriera mis huevos con sus grandes melones, tan pronto como esa imagen llegó a mi mente me deje ir manchando hasta la sotana que traía puesta, maldije por lo bajo, pero por lo menos me había servido de relajación.
Definitivamente este no era el mejor trabajo para mí.
Los días pasaron y antes de que pudiera comprar un teléfono para llamar a mi familia, ahora que la tecnología había avanzado tanto, una carta de Samuel llegó para mí.
En ella me contaba cómo estaba todo, como nuestra madre seguía con su pena, pero que esta vez su salud había empeorado, suspire recordando que, desde la partida de este mundo de nuestro padre, ella no había podido encontrar la tranquilidad, después de algunas noticias regulares, mi hermano, que hasta ese momento no me había pedido nada, me pidió que regresara, lo antes posible.
Fue entonces lo que hice, tome las pocas pertenencias que tenía, hablé con uno de los sacerdotes mayores y sin esperar respuesta me marché al aeropuerto para encontrar un vuelo que me llevara directo a São Paulo.
En el aeropuerto busque un teléfono y le marque a mi hermana, Simona como siempre me contestó emocionada, le conté lo que estaba haciendo y se comprometió a ir por mi al aeropuerto, de paso le pedí que comprar algo de ropa para mí, necesitaba estar cómodo y sinceramente llevar sotana en Brasil, era pecado.
Me subí al avión con cierta nostalgia, mientras todo avanzaba yo me quede pegado recordando todo, absolutamente todo, pero porque volver a casa podía ser tan complicado, nada me ataba a ninguna parte del mundo, eso me tiene feliz, pero aun así, como dice Samuel, puede que sea porque no estaríamos volviendo a casa, solo estás yendo a São Paulo, suspire recordando que nuestras tierras habían sido vendidas ya hace un tiempo, fue la causa de la repentina enfermedad que llevó a la muerte a nuestro padre.
Poco a poco Morfeo pasó por mí, pero cuando desperté tenía un hermoso paisaje, las gordas nalgas de una azafata, ella camina hacia la cabina, pero para mi maldita buena suerte, un chico la llamó y ella tuvo que pasar por mi lado, enseguida recordé la sotana, me solté la camina, me saque el cuello blanco y le sonreí apenas pasó a mi lado.
Unos minutos después, todo estaba a oscuras, la azafata se movía en la oscuridad cosa que aproveché, me levanté y fui al sanitario, justo cuando pasaba por la puerta sentí a la chica detrás de mí, mordió su labio, era obvio que quería algo y yo también, me quedé viéndola y en sus oscuros ojos encontré un placer sin contención.
Solo me indico mi asiento, por lo que después de salir del baño fui obediente y me fui hasta los asientos indicados, todo mundo dormía, pero yo estaba sopesando mi existencia, cuando una mano que acarició mi barbilla bajó por mi pecho y luego apretó mi erección, sin duda sería un vuelo encantador.







