La tarde en Butimerin se negaba a morir, extendiendo sombras alargadas sobre el despacho de roble donde Samuel, Simona y yo intentábamos fingir normalidad. Mis dedos tamborileaban sobre el escritorio, dispersando las notas para la charla del próximo domingo. Sería mi primera vez frente al altar como sacerdote oficial, una ironía que me quemaba la garganta. Si los fieles supieran que mi fe era un traje prestado y que mi estancia sería un suspiro de seis meses, quizás no me mirarían con la revere