Mundo ficciónIniciar sesiónLa tarde en Butimerin se negaba a morir, extendiendo sombras alargadas sobre el despacho de roble donde Samuel, Simona y yo intentábamos fingir normalidad. Mis dedos tamborileaban sobre el escritorio, dispersando las notas para la charla del próximo domingo. Sería mi primera vez frente al altar como sacerdote oficial, una ironía que me quemaba la garganta. Si los fieles supieran que mi fe era un traje prestado y que mi estancia sería un suspiro de seis meses, quizás no me mirarían con la reverencia que ya empezaba a notar en sus ojos.
—Los señores de las haciendas vecinas están en la sala —anunció la Nana Silvia, interrumpiendo mis pensamientos. Su voz era suave, pero sus ojos reflejaban la importancia del momento—. Vienen a dar la bienvenida a los nuevos dueños.
Simona, con una picardia que brotaba de su ser como escencia misma, se levantó con una sonrisa cargada de una malicia elegante. Se retocó el labial frente al espejo, transformándose de la hermana juguetona a la mujer de mundo que intimidaba con solo parpadear. Yo, en cambio, sentí un peso muerto en el estómago. Miré la sotana negra colgada en el respaldo de la silla.
—Es como si me pusieran una soga en el cuello —mascullé, deslizando la prenda sobre mi ropa. El cuello romano me apretaba, recordándome mi voto de silencio ante el mundo.
—¡Dios mío, Simona! ¡Tápate! —bromeé al ver a Simona en un vestido de verano floreado, de espalda descubierta, que desafiaba cualquier recato pueblerino. Ella me sacó la lengua, desafiante.
—La que puede, puede, hermanito. Además, alguien tiene que recordarles que ya no somos los niños que andaban descalzos por el lodo.
Samuel salió de su recámara, imponente en su sencillez. Pantalón de corte impecable, botas vaqueras y una camisa a cuadros que marcaba su complexión robusta. Al verlo, Simona se detuvo en seco; sus ojos se humedecieron. Samuel era el vivo retrato de nuestro padre, pero con una fuerza que el viejo nunca tuvo la oportunidad de ejercer.
—No se emocionen —dijo Samuel con voz áspera, aunque se limpió una lágrima furtiva—. Bajemos a reclamar lo que es nuestro. — Al pie de la escalera, el bullicio de la sala se detuvo.
Samuel iba al frente, con el paso de un rey que regresa de un largo exilio. Simona se aferró a mi brazo, y yo, envuelto en el luto de mi investidura, sentí que el suelo temblaba. Entre los hacendados, rostros que antes nos miraban con desprecio ahora lucían máscaras de cortesía forzada.
Y entonces la vi.
El aire huyó de mis pulmones.
Luciana estaba allí, de pie, con una mano apoyada en su vientre prominente, señal inequívoca de una vida que ya no me pertenecía.
Se aferraba al brazo de un hombre mayor, de mirada severa y manos enjoyadas su marido. Su rostro, antes lleno de luz, era ahora un mapa de amargura y palidez. Al verme vestido de negro, sus ojos se abrieron con un horror casi violento. La inestabilidad en su mirada era tal que dio un pequeño traspié, recuperando el equilibrio solo gracias al brazo de su esposo.
El silencio fue absoluto, una hoja afilada que cortaba el ambiente. Yo mantuve la máscara de la madurez, la calma impasible que el seminario me había tatuado en el alma, mientras mis hermanos observaban con una frialdad que helaba la sangre.
—Padre... Joel —susurró ella cuando el protocolo de las presentaciones terminó y logramos quedar a una distancia prudente de los demás. El sarcasmo goteaba de sus labios como veneno—. No esperaba volver a verlo... y mucho menos bajo ese disfraz.
—Juré que volvería, Luciana —respondí, y mi voz sonó más firme de lo que esperaba. No había temblor en mí, solo la triste aceptación de la realidad—. Demorara lo que demorara. Incluso traté de avisarle, señora Martínez.
Ella retrocedió un paso, como si el apellido la quemara.
—Llamé un centenar de veces —continué, manteniendo una distancia profesional que la enfurecía—. Pedí que le entregaran cartas, mensajes, súplicas. Todo fue rechazado.
—¿Cartas? —preguntó ella, y por un segundo, la fragilidad de la niña que amé asomó en sus ojos—. No recibí nada.
—De todas formas, eso ya no tiene importancia —dije, cerrando esa puerta con la fuerza de la lógica—. El pasado es un territorio que ya no podemos habitar. Mi realidad es esta, y la suya... —miré su vientre con una compasión que la hirió más que cualquier insulto— la suya es evidente.
La mención de su estado pareció detonar algo en ella. Sus manos empezaron a temblar y su voz subió un tono, cargada de una inestabilidad peligrosa.
—¡No tiene importancia para ti! ¡Porque te fuiste! ¡Me abandonaste en el peor momento! —susurró con una urgencia febril, sus ojos saltando de mi rostro a la cruz que colgaba de mi cuello—. Fuiste un cobarde, un poco hombre que prefirió esconderse tras una sotana antes que luchar por mí. Me dejaste morir por dentro mientras tú rezabas.
—Cuidado —advirtió Simona, dando un paso al frente con los ojos encendidos—. Mucho cuidado con lo que le dices a mi hermano. Es evidente que necesitan hablar, pero no te permito que lo juzgues desde tu pedestal de mármol. ¿Acaso yo te juzgué a ti?
—¿Por qué deberías? —bramó Luciana, al borde de las lágrimas, su respiración agitándose de forma alarmante.
—Te casaste por interés, Luciana —sentenció Simona con una sonrisa letal—. El dinero de tu marido te salvó a ti y a las tierras de tu familia. Pero déjame preguntarte algo... ¿Se comprometieron por amor, o te vendieron al mejor postor? ¿Fue una decisión tuya o el precio de tu libertad?
Luciana palideció tanto que temí que se desmayara. Se lanzó hacia Simona con la mano alzada, pero yo me interpuse con la rapidez de un rayo, sujetándola suavemente de los hombros. Ella se estremeció bajo mi contacto; fue como si una descarga eléctrica la recorriera.
—Basta —dije, mirándola fijamente a los ojos. En los míos no había odio, solo la madurez de quien ha aceptado que el destino es a veces un juez cruel—. Luciana, mírame. Yo acepto mi verdad. Soy un hombre que tomó un camino de sacrificio para salvar a su familia, y usted es una mujer que hizo lo mismo. Somos dos caras de la misma moneda de supervivencia. No nos odiemos por haber intentado seguir vivos.
Ella me miró, sollozando sin lágrimas, su inestabilidad emocional fluyendo en oleadas de resentimiento y deseo contenido.
—Tú no lo entiendes —gimió ella, tratando de zafarse pero sin soltar realmente mis brazos—. Tú puedes quitarte esa ropa algún día. Mi dolor... mi dolor es para siempre. Y cada vez que recuerdo esos reproches, recordaré que tú no estuviste allí.
—Lo sé —respondí con una calma desgarradora—. Y ese es el precio que ambos pagaremos. Ahora, por favor, regrese con su marido. El pueblo está mirando, y el Padre Joel no puede permitir que la señora Martínez pierda la compostura en su propia bienvenida.
La solté. Ella se quedó estática, respirando con dificultad, atrapada entre el hombre que representaba su salvación y el hombre que, vestido de negro, representaba su pérdida más absoluta. El reencuentro no había sido una reconciliación; había sido la confirmación de que Butimerin era, en efecto, un infierno grande.







