La tarde en Butimerin se negaba a morir, extendiendo sombras alargadas sobre el despacho de roble donde Samuel, Simona y yo intentábamos fingir normalidad. La partida de los hacendados dejó un silencio espeso, cargado del polvillo de las viejas rencillas y el eco de los apellidos que antes nos escupían y hoy nos rendían pleitesía. Luciana, que había logrado recomponer su máscara de señora respetable tras el exabrupto en la escalera, se acercó de nuevo antes de marcharse. Su mirada era una mezcl