Mundo ficciónIniciar sesiónLa tarde en Butimerin se negaba a morir, extendiendo sombras alargadas sobre el despacho de roble donde Samuel, Simona y yo intentábamos fingir normalidad. La partida de los hacendados dejó un silencio espeso, cargado del polvillo de las viejas rencillas y el eco de los apellidos que antes nos escupían y hoy nos rendían pleitesía. Luciana, que había logrado recomponer su máscara de señora respetable tras el exabrupto en la escalera, se acercó de nuevo antes de marcharse. Su mirada era una mezcla de furia contenida y una desesperación que amenazaba con desbordarse bajo el ala de su pamela elegante. Simona, mi sombra fiel y mi escudo de armas, no se apartó de mi lado; su sola presencia era una advertencia silenciosa para cualquiera que osara tocar la herida abierta de su hermano.
—Dejemos esto hasta aquí —sentencié, mi voz sonando con una firmeza que no admitía réplicas, una autoridad que no venía de la sotana, sino del cansancio de años de exilio—. Lo pasado es pasado. Tú ahora tienes tu vida, tus lujos y ese apellido que ahora defiendes, y yo tengo la mía.
Luciana asintió, aunque el labio inferior le temblaba, delatando que su orgullo estaba herido de muerte. No era la respuesta que esperaba; ella quería una escena, quería que el Padre Joel se desmoronara frente a su vientre prominente.
—Nosotros ya no tenemos nada que ver —continué, endureciendo el tono mientras sentía la mano de Simona apretar mi brazo—. No hay promesa, no hay pasado, no hay recuerdos que valgan el esfuerzo de ser desenterrados. Me hubiese gustado que las cosas fueran diferentes, Luciana. No obstante, te aclaro que si me hubieses dicho en algún punto quedémonos juntos, vámonos lejos de aquí, lo hubiese hecho sin dudar. Habría dejado a mi familia, mis sueños y mi apellido por seguirte.
Ella retrocedió un paso, como si mis palabras fueran bofetadas físicas.
—Pero en ningún momento sucedió —añadí con una frialdad que me sorprendió a mí mismo—. Tú cortaste todo tipo de comunicación. Te rehusaste a razonar y te encerraste en tu torre de cristal cuando el hambre empezó a rondar. Ponerte en mi lugar no te hubiese costado tanto si el amor hubiera sido real.
—No podía —susurró ella entre dientes, sus ojos brillando con lágrimas de impotencia mientras se aferraba a su bolso de piel—. Simplemente no podía... tú eres... usted era...
—Éramos pobres —la interrumpí, y la palabra no me ofendió, pero sí me caló hondo, como el frío de la montaña—. Lo sé. Lo sabemos todos. Y para ti, eso era más importante que lo que sentías por mí. El miedo a la pobreza fue más fuerte que tu lealtad.
—¿Y qué hubiésemos hecho? —preguntó ella con una ironía ácida, casi desesperada, alzando la voz lo justo para que no la oyeran los demás invitados—. ¿Vivir en la calle? ¿Esperar a que se apiadaran de nosotros mientras el mundo nos pisoteaba?
—No —respondí con una calma desgarradora—. Habríamos trabajado. Habríamos luchado hombro con hombro para salir adelante. Pero preferiste el camino corto, el camino del dinero ajeno.
En ese momento, su esposo, Don Diego Martínez, se acercó con esa suficiencia que da el oro. Le puso una mano en el hombro, reclamando su propiedad, y la discusión terminó ahí, en el aire, como un grito ahogado. El encuentro fue así esporádico, rápido, lleno de una rabia sorda. No podía juzgarla, no soy quién para hacerlo, y aunque quisiera, ella tenía todo el derecho a asegurar su futuro. Lo que no aceptaba era el reproche, la audacia de llamarme cobarde cuando ella fue quien nunca pronunció la palabra lucha.
Esa noche, el silencio de la nueva casa era opresivo. Di mil vueltas en mi cama, sintiendo que la sotana que colgaba en el perchero me observaba como un juez oscuro. El rostro de Luciana y el peso de su traición bailaban en mi mente, pero cada vez que intentaba dormir, el recuerdo de unos ojos distintos, unos ojos color miel que me habían mirado en la plaza esa mañana, interrumpía mi martirio.
Revisé mi teléfono una última vez, sintiendo el vacío de la habitación. Justo cuando estaba a punto de rendirme al insomnio, una notificación iluminó mi rostro.
Idara: Así que, ¿eres padre? O sea... ¿sacerdote de verdad?
Una sonrisa involuntaria, la primera del día que no era fingida, se dibujó en mis labios. El pulso se me aceleró de una forma que nada tenía que ver con la religión.
Joel: ¿Es eso muy malo?
Idara: No, pero no me lo esperaba. Eres de esos hombres bonitos, pero prohibidos. Es un desperdicio, si me preguntas.
Joel: ¿Eso es un cumplido o una queja?
Idara: Ambos. El mundo es injusto, Padre. Buenas noches.
Joel: Buenas noches, preciosa Idara...
Me quedé mirando la pantalla. El corazón me golpeaba las costillas con una fuerza salvaje. Quería verla. Necesitaba borrar el sabor amargo de Luciana con la frescura de esa desconocida que parecía leerme el alma a través de un cristal.
Joel: ¿Te puedo ir a ver ahora?
Idara: ¿A esta hora? Si te ven, te excomulgan antes de tu primera misa.
Joel: Que nos vean es lo de menos. Necesito aire.
Idara: Está bien. En una hora en la plaza. A esta hora no anda nadie, solo los fantasmas y las pecadoras como yo.
Me cambié de ropa a una velocidad febril. Me puse unos vaqueros y una chaqueta oscura, ocultando al sacerdote y dejando salir al hombre. Le pedí las llaves del coche a Simona, quien solo me miró con una ceja levantada y una sonrisa cómplice antes de lanzármelas desde el sofá.
— No hagas nada que yo no haría —, bromeó, aunque ambos sabíamos que esa era una lista muy corta.
Llegué a la plaza diez minutos antes. El aire de Butimerin era un cuchillo de hielo que me cortaba la cara, pero por dentro sentía un incendio. Aparqué el coche en una esquina sombría y me bajé, apoyándome contra el capó. El silencio del pueblo era absoluto, roto solo por el crujir de las ramas y el eco lejano de algún perro.
De pronto, sentí unas manos frías cerrarse sobre mi cuello desde atrás. Me tensé por instinto, pero el aroma a jazmín y a noche me relajó de inmediato. Me di la vuelta y allí estaba ella. Idara sonreía, pero sus hombros temblaban un poco por el frío o por los nervios; creo que ambos nos sentíamos como adolescentes escapando de un internado.
—Vaya, el Padre sabe romper las reglas —susurró, mirándome de arriba abajo. Su mirada era como un roce físico que me erizaba la piel.
—Sube al coche, te vas a congelar —le dije, abriéndole la puerta.
Dentro del vehículo, el espacio se volvió pequeño de inmediato. El calor de la calefacción empezó a luchar contra el frío del exterior, y con él, el aroma de Idara se volvió más intenso, más embriagador. Estábamos tan cerca que podía ver el vaho de su respiración.
—Es complicado —expliqué, rompiendo el silencio—. Siempre lo omito porque ser sacerdote es algo que nunca quise hacer. No me obligaron con látigos, pero la supervivencia de mi familia dependía de ciertos pactos. No era mi futuro soñado, Idara. Conectas conmigo de una forma que no entiendo, y solo nos conocemos desde ayer.
—No me molestó que no lo dijeras —respondió ella, inclinándose un poco más hacia mi lado del asiento. Sus ojos buscaban los míos en la penumbra—. Cuando la gente de la casa llegó hablando de los hermanos que volvieron, supe que eras tú. Pero tuve que esperar. La señora de la casa… Y mi madrina... es una mujer estricta y amargada. Esperé a que el último farol se apagara para salir corriendo.
Hablamos durante lo que parecieron minutos, pero las horas se escurrían entre nosotros. Me contó su deseo de huir de esa hacienda, de su necesidad de independencia. Yo le hablé de mis planes, de lo que haría cuando estos seis meses de condena terminaran. Le hable de que donde Simona le daría trabajo, que la ayudaría a salir de ahí.
Pero mientras las palabras fluían, la tensión física crecía como una marea silenciosa. Cada vez que nuestras manos se rozaban por accidente sobre la palanca de cambios, una descarga eléctrica recorría mi brazo. Su mirada bajaba constantemente a mis labios, y yo no podía dejar de mirar la curva de su cuello.
—Son las cinco de la mañana —dije de repente, mirando el reloj. El alba amenazaba con delatarnos—. Debo llevarte.
Conduje hacia la hacienda Martínez-Sousa con un nudo en la garganta. La ironía de la vida era que ella vivía precisamente allí, bajo el mismo techo que la mujer que me había destrozado el corazón. Al llegar a la entrada lateral, apagué el motor. El silencio volvió a ser denso, pero esta vez estaba cargado de deseo.
—Solo iré a misa por ti, Joel —dijo ella, con una mano ya en la manija de la puerta—. Eso de la religión no se me da, pero verte en el altar será mi forma de pecar con la mirada.
—Llámame —la interrumpí, tomándola de la mano. Su piel estaba caliente ahora, vibrante—. Cada vez que quieras salir, cada vez que este lugar te ahogue.
Nos quedamos mirándonos, a escasos centímetros. El aire entre nosotros parecía estallar. De repente, Idara acortó la distancia. No fue un beso completo, fue algo mucho más tortuoso, posó sus labios en la comisura de mi boca, justo donde empieza el deseo. Sentí la punta de su lengua rozar apenas mi piel, una caricia húmeda y breve que me supo a gloria y a infierno.
—Adiós, Padre Joel —canturreó con una voz cargada de picardía.
Cerró la puerta y desapareció entre las sombras de la hacienda. Me quedé solo en el coche, con los ojos cerrados, tratando de recuperar el aliento. Mi corazón martilleaba contra mis costillas y no pude evitarlo; una erección violenta y dolorosa apareció bajo mi pantalón, una protesta física contra la castidad impuesta, contra el pasado amargo y a favor de ese futuro que olía a Idara.
Contuve la respiración, sintiendo el calor de su beso todavía quemándome el rostro. El domingo, frente al altar, tendría que pedir perdón, pero sabía que en ese momento solo podía pensar en volver a pecar.







