El sol del domingo en Butimerin no tenía piedad. Caía sobre el empedrado de la plaza con una intensidad que hacía que la sotana negra me pesara como si estuviera hecha de plomo y culpas. Allí estaba yo, de pie frente a la imponente puerta de madera de la iglesia, sintiendo que el cuello romano me asfixiaba más que de costumbre.
—Si sigues apretando los dientes de esa forma, vas a llegar al Evangelio sin muela alguna, hermanito —se burlo Simona, ajustándome la estola con una sonrisa cargada de i