Mundo ficciónIniciar sesiónEl sol del domingo en Butimerin no tenía piedad. Caía sobre el empedrado de la plaza con una intensidad que hacía que la sotana negra me pesara como si estuviera hecha de plomo y culpas. Allí estaba yo, de pie frente a la imponente puerta de madera de la iglesia, sintiendo que el cuello romano me asfixiaba más que de costumbre.
—Si sigues apretando los dientes de esa forma, vas a llegar al Evangelio sin muela alguna, hermanito —se burlo Simona, ajustándome la estola con una sonrisa cargada de ironía.
—Maldita sea la hora en que acepté este trato —mascullé entre dientes, cuidando que ninguna feligresa me oyera—. Maldigo el despertador, maldigo este calor y maldigo cada metro de esta tela negra.
Samuel soltó una carcajada ronca, cruzándose de brazos mientras lucía una camisa que resaltaba su espalda ancha, atrayendo ya las miradas de las mujeres que subían las escalinatas.
—Maldice todo lo que quieras, pero ahí vienen tus ovejas —dijo Samuel, dándome una palmada en el hombro que casi me desequilibra—. Pon cara de santo, Joel. Hoy eres el puente al cielo, no el tipo que anoche andaba de carreras por la plaza.
La fila de fieles comenzó a avanzar. Vi aparecer a la familia De La Rosa; Rosendo caminaba con la suficiencia de quien se cree dueño de la salvación ajena, seguido por Doña Zuny. Pero fueron sus hijas, Ignacia y su hermana menor, quienes me hicieron tragar saliva. Me miraron con una avidez tan poco cristiana que Simona soltó una risita maliciosa al mi lado.
—Cuidado, Joel —susurró mi hermana—. Esas no vienen por la hostia, vienen por el asado, y el corte principal eres tú.
Los Martínez no tardaron en aparecer. Diego, el marido de Luciana, saludó a Samuel con la frialdad de los hombres de negocios, hablando de tierras y ganado antes siquiera de entrar al templo. Detrás de ellos, Luciana caminaba con una rigidez dolorosa, evitando mi mirada pero buscando mi presencia con cada paso.
Y entonces, el aire se volvió eléctrico. Idara apareció al final de la escalinata. Intentó mimetizarse, buscando refugio en las últimas filas para pasar desapercibida, pero la agudeza de Simona era legendaria.
—¡Idara! ¡Qué alegría verte! —exclamó mi hermana, bajando los escalones con una energía que no encajaba en un domingo de misa. Antes de que la morena pudiera protestar, Simona ya la tenía del brazo—. No te quedes aquí atrás, mujer. Ven con nosotros, a la primera fila, con Nana Silvia.
Vi a Idara tensarse, sus ojos color miel chocaron con los míos en una súplica silenciosa mientras Simona la arrastraba hasta el frente, justo donde yo tendría que verla cada vez que alzara la vista del misal.
La ceremonia fue una tortura de doble filo. Sentía las miradas de los viejos terratenientes, aquellos que nos conocieron cuando no éramos más que los hijos del campesino pobre, susurrando sobre el milagro de nuestro ascenso. Al final de la misa, uno de ellos se atrevió a soltar un comentario mordaz sobre cómo el dinero del Señor hacía milagros en la apariencia de los hombres. Samuel, con esa calma peligrosa que lo caracterizaba, lo corrigió en el acto con una sola frase que le borró la sonrisa al viejo, recordándole que ahora nosotros éramos quienes poníamos las reglas en el valle.
Cuando los fieles empezaban a retirarse, Luciana se acercó al altar. Sus manos temblaban un poco.
—Padre Joel... —dijo, usando el título como si fuera un insulto—. Mi madre está postrada. Me gustaría que fuera a la hacienda en calidad de sacerdote. Necesita confesión.
—Es posible, Luciana —respondí, manteniendo mi voz en un tono profesional que me costaba sostener—. Debo consultarlo con mis superiores, pero cumpliré con mi deber.
En un arrebato de inestabilidad, Luciana intentó dar un paso más allá de lo permitido, buscando un acercamiento físico, una mano que rozara la mía bajo el pretexto de la piedad. Vi de reojo cómo Idara, desde la primera banca, observaba la escena con una chispa de fuego en los ojos. Rechacé el movimiento de Luciana en automático, dando un paso atrás con una frialdad que la dejó helada. No iba a caer en su juego, no frente a Dios, y mucho menos frente a Idara.
La tarde cayó pesada. Me despedí de mis hermanos y me encerré en la oficina de la parroquia. La tradición mandaba que los domingos por la tarde, el sacerdote debía estar disponible para las confesiones. Me senté en el pequeño cubículo de madera, donde el olor a cera e incienso viejo se mezclaba con el calor sofocante.
La campana sonó varias veces. Recibí confesiones mediocres y arrepentimientos hipócritas. Varias mujeres jóvenes se arrodillaron tras la rejilla no para confesar pecados, sino para ofrecerse en bandeja, susurrando tentaciones que me hacían querer salir corriendo. Otras, más astutas, intentaban sonsacarme información sobre Samuel, quien se había convertido en el soltero más codiciado del pueblo tras la exhibición de la mañana. Me reí para mis adentros; mi hermano no sabía la que le esperaba.
Pero de pronto, el perfume pesado de las rosas inundó el espacio estrecho. Una voz melosa, cargada de una intención que de sagrada no tenía nada, rompió el silencio de mis pensamientos.
—Ave María Purísima, Padre... —susurró la voz.
Era Ignacia De La Rosa. Reconocería ese tono de niña rica y caprichosa en cualquier parte.
—Sin pecado concebida —respondí mecánicamente, aunque sentí que la temperatura en el confesionario subía varios grados—. ¿Qué tienes que confesar, hija?
Sentí el roce de su ropa contra la madera, el sonido de su respiración agitada demasiado cerca de la rejilla.
—He tenido pensamientos, Padre... pensamientos muy oscuros con un hombre que no puedo tener. Me imagino sus manos bajo este calor, me imagino lo que hay debajo de esa ropa negra... —su voz bajó a un susurro gutural que buscaba provocarme—. Dígame, Padre, ¿es pecado desear la salvación con tanta furia?
Me quedé inmóvil, sintiendo cómo el pulso se me aceleraba. No por ella, sino por la audacia del pecado que rodeaba a Butimerin.
Pero antes de que pudiera responder, otra sombra se proyectó fuera del confesionario, y una presencia que conocía demasiado bien hizo que el vello de mis brazos se erizara. Idara estaba allí fuera, esperando su turno, y por la forma en que el aire parecía vibrar, sabía que ella lo estaba escuchando todo.







