Capítulo sesenta y cinco. La red invisible.
La mañana amaneció fría sobre el golfo Sarónico.
Ariadna despertó con el sonido distante del mar rompiendo contra las rocas y el espacio vacío a su lado.
El lugar de Andreas en la cama estaba tibio aún, pero él ya se había ido.
Lo encontró en el invernadero, de pie entre los olivos enanos, con un teléfono en una mano y un cuaderno de notas en la otra.
Sus ojos se movían con precisión de cazador mientras hablaba en voz baja, como si cada palabra pesara