Capítulo sesenta y cuatro. El regreso del titán.
El amanecer sobre Atenas no trajo luz, sino un presagio.
El cielo estaba gris, el aire denso, y la ciudad se despertaba con ese rumor inquieto que anuncia tormentas invisibles.
En su despacho de cristal, en lo alto del edificio Konstantinos, Andreas observaba la ciudad con el rostro tallado en piedra.
Había pasado la noche sin dormir.
La carta de su padre, los documentos de Drakon, la traición del senador Mitropoulos… todo ardía en su mente como