Capítulo cincuenta y tres. Hasta que el sol vuelva a salir.
La noche en Atenas olía a humo, a peligro y a despedida.
El cielo estaba cubierto por nubes bajas, y las calles, mojadas por una lluvia reciente, reflejaban la luz mortecina de los faroles.
Ariadna conducía sin pensar, con los dedos temblorosos sobre el volante.
No sabía a dónde iba exactamente, solo seguía las coordenadas enviadas en un mensaje anónimo poco después de la llamada.
“Antiguo astillero de Piraeus. Sola. Medianoche.”
Cada