Capítulo treinta y seis. El golpe y la contraofensiva.
El amanecer se extendió sobre Atenas con un resplandor dorado, pero dentro de la villa de Andreas, el ambiente era tenso. Ariadna caminaba por el salón con el ceño fruncido, intentando ignorar la ligera opresión en su estómago. Los mareos habían regresado esa mañana, y aunque había conseguido disimularlos, sabía que Andreas lo había notado.
Él la observaba desde el ventanal, con el móvil en la mano y el gesto endurecido.
—Leonidas se mueve