Capítulo veinticinco. Entre la calma y la tormenta
La villa sobre el acantilado estaba en silencio. Solo el rumor del mar contra las rocas rompía la calma, como un recordatorio de que incluso en el sosiego, la naturaleza nunca duerme.
Ariadna López observaba el horizonte desde la terraza, envuelta en una bata de seda ligera que Andreas había ordenado traer para ella. El viento jugaba con su cabello y, por primera vez en semanas, sentía el aire libre rozando su piel sin rejas ni barrotes que la