Si elegía ser la hija de Serena —una decisión completamente estúpida—, Alexander convertiría su vida en un infierno.
Pero si aceptaba ser su mujer, ¿sería más fácil… o más difícil mantener a los niños en secreto?
—¿Puedo tener unos días… para pensarlo? —preguntó Maya. Sabía que cuanto más demorara la respuesta, mejor.
—Ahora. —No había espacio para negociar.
Maya frunció el ceño. ¿Tenía que ser tan abrumador?
¿Ni siquiera un minuto para pensarlo?
Los ojos de águila de Alexander se hundieron en