De hecho, faltar un día no era nada comparado con no firmar el contrato del programa con los niños.
Maya sabía muy bien que esa indulgencia se debía a Alexander. De lo contrario, habría sido imposible que el director accediera con tanta facilidad.
La ropa llegó poco después.
Maya quiso cambiarse en el baño.
—Cámbiate aquí —dijo Alexander.
No tuvo ningún reparo en quitarse la bata de noche frente a ella. Su pecho firme y sus abdominales marcados se delineaban como esculpidos con cuchillo, emanan