—No… Alexander. Me equivoqué. No debería haber dicho esas cosas… Solo lo dije por Yvonne. Te odio, sí, pero esa no fue la razón real… Yo también tengo corazón. ¿Cómo podría seguir odiándote…?
Alexander tenía una mano en el bolsillo. No se movió, pero tampoco la apartó.
—¿No dijiste que no podías olvidarlo? —preguntó con frialdad.
Maya sollozó.
—No. Eso es mentira. No tengo nada que ver con él desde aquella vez en el extranjero. La única persona a mi lado ahora eres tú… solo tú, Alexander. Eres