Llevaba horas de pie. Desde la mañana hasta las cinco de la tarde no había tenido un solo descanso. Mis pies ardían dentro de esos tacones nuevos, como si cada paso me perforara la piel.
Clara me había dicho que me acostumbraría. “Más tarde”, había agregado con un encogimiento de hombros.
Más tarde… sí, claro.
Cuando la vi marcharse al final del pasillo, no lo dudé. Me quité los tacones en silencio y apoyé un pie sobre el otro.
—Ah… qué alivio —susurré para mí misma, estirando los dedos y disfr