—Gerente, no puedo beber —dijo Maya—. Recibí una llamada de casa y debo irme ahora.
—¿Por qué la prisa? ¿Se murió alguien? —se burló Yvonne.
El rostro de Maya cambió.
—¡Cuida tu boca! —escupió.
Yvonne se levantó, avanzó hacia ella y se detuvo justo frente a Maya, altiva.
De pronto levantó la mano para abofetearla.
Pero Maya reaccionó al instante: bloqueó su brazo y, aprovechando el impulso, le dio una bofetada.
El sonido fue seco y fuerte.
Yvonne quedó atónita.
Nadie se había atrevido jamás a g