Maya se recostó contra la cabecera, pero sentía la mirada penetrante e imposible de ignorar de Alexander.
Finalmente, no pudo contenerse.
—¿Tienes algo que decir?
—No.
—Entonces, ¿por qué me miras así? —preguntó Maya de nuevo—. ¿No vas a trabajar?
—Depende de mi estado de ánimo.
Maya comprendió la veracidad de esa afirmación al pensarlo mejor. Trabajaba cuando quería. Después de todo, era quien dirigía el Grupo GOLDEN. ¿Quién se atrevería a cuestionarlo?
—¿No tienes nada que decir? —preguntó Al