Epílogo

La terraza quedó vacía cuando el viento comenzó a soplar más frío.

Alexander no soltó su mano al entrar en la habitación.

La puerta se cerró con suavidad.

No hubo prisa.

Solo esa tensión contenida que llevaba meses creciendo.

Maya lo miró.

—¿Por qué me miras así?

Él deslizó los dedos por su mandíbula, lento.

—Porque todavía no entiendo cómo alguien tan fuerte decidió quedarse conmigo.

Ella sonrió apenas.

—No fue debilidad.<

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