Al día siguiente, Maya encontró un pequeño salón de tatuajes en una calle lateral.
La puerta, de madera envejecida, daba al lugar un aire de antigüedad que contrastaba con los colores brillantes del escaparate.
Empujó la puerta con suavidad y entró.
Dentro, un hombre estaba recostado en un asiento reclinable, sin camisa.
Una tatuadora trabajaba en su espalda con precisión, pero Maya no alcanzó a ver el diseño.
La mujer levantó la vista y preguntó con naturalidad:
—¿Vienes a hacerte un tatuaje?