—¿Te di permiso para irte? —dijo con suficiencia—. ¿Quién te crees que eres? ¿Piensas que puedes hacer lo que te dé la gana?
—¿Podrías apartarte de mi camino? —replicó Maya, apretando los dientes.
—¿Apartarme? —rio él con sorna—. Yo soy quien decide aquí. Si tienes o no un lugar en esta empresa, depende de mí.
Maya lo miró con una ceja arqueada.
Sabía perfectamente que él aún estaba resentido por lo que había pasado antes.
Pero, en el fondo, Mark no era más que un inútil con ínfulas de jefe.
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