Su brazo la envolvió por la cintura, y su otra mano descendió, buscando la hebilla de los jeans.
El cinturón de flores que los sujetaba parecía una burla a su resistencia: fácil de desatar, imposible de defender.
Maya sintió el miedo apoderarse de ella.
El aire se le escapaba entre los labios; el oxígeno, robado por aquellos besos cada vez más profundos.
Y, de pronto, un pensamiento la golpeó con fuerza.
La cicatriz.
La delgada marca en la parte baja de su abdomen.
Tres años atrás, todavía visi