Pasaron los días… y nada.
No me despidieron.
Ni siquiera una advertencia.
Así que, obviamente, decidí empeorarlo.
….
Alrededor del mediodía, vi a Alexander entrar al vestíbulo rodeado de guardaespaldas.
Y justo en ese momento, el destino —o mi propia locura— hizo que abriera la boca más de lo necesario.
—¡Claro que puedo estar en el departamento de secretaría! —dije en voz alta, para que todos escucharan—. Alexander me ama. ¡Me trata muy bien!. —Le di un toque teatral a mis palabras y me crucé