El oncólogo se llamaba Rodrigo Fuentes y llevaba once años viendo a Valentina cada tres meses, luego cada seis, luego cada año, con la distancia que se establece entre el médico y el paciente que sobrevive y que con el tiempo se convierte en algo más parecido a la costumbre que a la urgencia, aunque nunca del todo a la indiferencia.
La última revisión fue un martes de febrero.
Valentina entró al consultorio con el abrigo de lana verde que había comprado en el mercado de la Cebada y el bolso de s