Laura encontró a Álvaro en su despacho a las seis de la tarde.
No llamó antes. No mandó un mensaje. Simplemente llegó, llamó a la puerta que estaba entreabierta y entró.
Álvaro estaba revisando contratos. Levantó la vista. La leyó en la cara antes de que ella dijera nada. Eso era lo que hacían las personas que se conocen bien: leer el estado del otro antes de que las palabras lo confirmen.
—Cierra —dijo Laura.
Álvaro cerró la carpeta.
Cogió el bolígrafo y lo dejó sobre la mesa. Un movimiento pe