Rodrigo Mena pasó la noche sin dormir.
A las seis de la mañana estaba sentado en la cocina de su apartamento con el teléfono sobre la mesa y una taza de café que había dejado de estar caliente hace veinte minutos. La amenaza de Carmen era real. Lo sabía porque la había buscado: llamó a su gestor fiscal a las diez de la noche, que le cogió el teléfono con la voz de quien lleva años esperando que llegara esa llamada y nunca quiso que llegara.
La deuda existía.
Tres millones ciento cuarenta mil eu