La terraza en diciembre tenía el frío que le correspondía.
Laura lo sabía antes de salir, había cogido el abrigo grueso del perchero, el que Álvaro llamaba el abrigo de estar en casa aunque no estuviera en casa, el que no salía de la percha más que para las mañanas frías del balcón y para los diciembre en que Madrid decidía que el invierno merecía tomarse en serio.
Álvaro ya estaba ahí.
Con las dos tazas, como siempre.
La suya en la mano, la de Laura sobre la mesa de hierro que llevaba en la te