Las seis de la mañana tenían esa oscuridad específica de los meses de invierno, la que no cede hasta las ocho aunque uno lleve despierto desde las cinco y media sin haber podido volver a dormirse.
Laura no había intentado dormirse.
Se había quedado en la cama el tiempo suficiente para saber que el sueño no iba a volver, y después había salido con la misma eficiencia tranquila con que manejaba las decisiones que no tenían vuelta atrás: sin resistencia, sin dramatismo, sin el tipo de queja interi