El teléfono sonó a las siete y cuarenta y tres de la mañana.
Esa hora específica, dijo después Álvaro, ya debería haberlo anticipado todo: Blanca no llamaba a las ocho en punto porque las llamadas a las ocho en punto eran de agenda, y no llamaba a las siete porque las llamadas a las siete eran de emergencia. Las siete y cuarenta y tres eran la hora de las noticias que necesitan decirse antes de que el mundo las diga por ti.
Laura contestó desde la cocina.
—Mamá. Me eligieron presidenta del Comi