El trofeo era del tamaño de la cabeza de Blanca.
No aproximadamente. Exactamente. Blanca lo había puesto en la encimera de la cocina cuando llegó, un sábado de octubre, sin decir nada. Lo había dejado ahí como si siempre hubiera estado, como si un trofeo de debate de cuarenta centímetros de alto fuera el tipo de objeto que existe en todas las cocinas y que nadie menciona porque ya se da por sentado.
Laura lo vio desde el pasillo.
Miró a Blanca.
Blanca estaba sirviéndose agua del grifo.
—¿Eso es