Había dos pares de zapatos en la entrada.
El de la derecha era el de siempre: las bailarinas grises de Valentina, desgastadas en la punta porque Valentina caminaba con los pies ligeramente hacia adentro y nunca había visto razón para corregirlo. Las había comprado en el mercado de la Cebada cinco años antes y les había dado el uso que les da alguien que camina mucho y que no descansa las suelas.
El de la izquierda era diferente: unos zapatos de hombre de cuero marrón, talla cuarenta y tres, con