Cinco metros de alto.
Diez de ancho.
La calle de Lavapiés bloqueada desde las seis de la mañana con dos vallas naranjas que el ayuntamiento había autorizado para la semana y que el vecino del primero había mirado con desconfianza el lunes y con curiosidad el martes y con algo más cercano al orgullo el miércoles, cuando ya había suficiente mural como para entender lo que venía.
Santi llevaba en el andamio desde el amanecer.
No era la primera vez. Llevaba cuatro años pintando muros en distintos b