Estaba encima de la almohada.
No debajo como la vez anterior. Encima: el papel doblado en dos, con el pliegue limpio y sin presión excesiva, la doblez de alguien que ya no necesita contener lo que hay dentro porque ha aprendido que lo que hay dentro puede estar en el mundo sin que eso lo destruya.
La letra era más grande.
Más segura.
No la letra apretada y precisa del papel de los catorce años, la que cuidaba el espacio como quien cuida un recurso escaso. Esta era la letra de alguien que ya no