La relación entre ellos se consolidó en un ritual oscuro y tácito. Ella se convirtió en un fantasma en la rectoría, un espectro de lujuria que rondaba los pasillos sagrados. Sus visitas nunca se anunciaban con el timbre, sino con el crujido más sutil de una tabla del suelo o el susurro de su abrigo al caer al piso.
Siempre venía después de que oscurecía, vestida con distintas variantes de inocencia pecaminosa: una falda escolar a cuadros, una recatada blusa blanca desabrochada hasta el ombligo,