El acto en la nave había desatado una bestia nueva y más voraz en el interior de ambos. La tranquila rectoría ahora se sentía como una jaula. El hambre exigía una blasfemia mayor, más potente. Les susurraba sobre el umbral definitivo: el altar mismo.
Ella llegó la siguiente vez no por la noche, sino en el profundo índigo antes del amanecer, la hora de la vigilia monástica. Llevaba únicamente un abrigo largo y oscuro, completamente desnuda debajo. Su crucifijo de plata brillaba contra su piel ba