Una semana se fundió con la siguiente, en una serie de tareas que fueron desmoronando lo que quedaba de la antigua Leila.
Las reglas se imponían con una consistencia cruel y creativa. La citaba en el lavadero a horas intempestivas, inclinándola sobre la secadora que vibraba mientras la tomaba por detrás; el golpeteo rítmico camuflaba sus gritos ahogados. Le ordenaba que lo esperara en su coche, en la oscuridad del garaje, desnuda bajo un impermeable, para complacerlo con la boca antes de que él