La mañana no llegó con la luz del sol, sino con el resplandor suave e insistente de las persianas automáticas al levantarse. Eleanor abrió los ojos parpadeando, y su cuerpo gritó en señal de protesta. Cada músculo le dolía con una molestia profunda y satisfactoria, un testimonio de lo minuciosa que había sido su violación. El aroma de Franklin (sándalo, sexo y poder) estaba impregnado en las sábanas de seda, en el aire mismo de la estéril habitación.
Estaba sola.
Por un momento, una chispa de e