En el dormitorio, temblando, obedeció. Se desnudó y adoptó la postura en la vasta cama, con el rostro hundido en la seda y el trasero elevado en el aire. Era la postura más vulnerable y sumisa imaginable.
Cuando él entró en la habitación, llevaba algo consigo: una caja larga y delgada. La dejó sobre la mesita de noche y ella escuchó el clic de la tapa al abrirse.
Se le cortó la respiración.
Él no habló. Sintió que la cama se hundía cuando se arrodilló detrás de ella. Entonces, una sensación de