Lola sollozaba, desbordada por aquella doble invasión; el dolor en su trasero se mezclaba con el placer punzante que le recorría el clítoris. Su cuerpo, condicionado a responder, empezó a elevarse hacia el límite a pesar de la agonía.
—Ahora —gruñó William.
Y Lola se rompió en mil pedazos, un orgasmo violento sacudiéndole el cuerpo mientras el juguete frío la penetraba por detrás.
William no le dio ni un instante para recuperarse. Retiró el dildo y lo sustituyó al instante por su propia polla,