El olor a carne quemada seguía flotando en el aire, una puntuación brutal y descarnada dentro de aquella sinfonía de sudor y almizcle. Nancy y Ruby permanecían acurrucadas en el suelo junto a la chimenea; sus suaves gemidos eran el único sonido mientras abrazaban sus nuevas heridas. El chisporroteo y los gritos aún parecían resonar por la enorme estancia, un testimonio visceral del “favor” que acababan de recibir. Henry inhaló profundamente, como si estuviera disfrutando aquel aroma.
—Refinamie