La mañana siguiente al castigo, el cuerpo de Sloane era un mapa de dolor. Cada verdugón era un recordatorio sordo y persistente; cada músculo interno y sensible le susurraba la brutal invasión de Markus. Se movía por el lujo estéril de su apartamento como un fantasma, envuelta en un silencio opresivo. El subidón de las ganancias históricas —más de treinta y cinco mil dólares en una sola noche— era un zumbido frío y metálico en sus venas, inseparable del latido de sus hematomas.
Su teléfono sonó