Estaba tan enojada que lo único sensato fue quedarme encerrada en casa todo el día, intentando no pensar en la discusión.
Cada vez que recordaba su cara, su tono, o lo que había dicho, sentía cómo me hervía la sangre otra vez.
Me dolía la cabeza, me ardía el cuerpo de rabia, y aun así no lograba sacarlo de mi mente.
Por más que quisiera odiarlo, su voz seguía repitiéndose dentro de mí, una y otra vez, como una maldita grabación que no podía apagar.
Caía la noche, y yo solo quería ducharme y olv