Lisa
Llegaba a la entrada de la universidad con los libros apretados contra el pecho, intentando ordenar mis pensamientos antes de enfrentar otro día. Cada paso estaba cargado de tensión; el ruido de los estudiantes entrando y conversando parecía demasiado fuerte, demasiado cercano. Traté de respirar hondo, pero no lo conseguí del todo, todavía recordando la detención de ayer y el golpe que ardía en mi rostro.
De repente, alguien tomó mi brazo con firmeza. Giré, sorprendida, y lo vi: Cristian.