El amanecer tenía otro color.
Desde la ventana del cuarto, Lautaro veía cómo el sol se colaba entre las cortinas, tiñendo el suelo de un tono naranja cálido.
Por primera vez en mucho tiempo, despertaba sin sobresaltos, sin el eco de los gritos, sin el miedo de la noche.
Solo el sonido de los pájaros y el aroma a café recién hecho desde la cocina.
Gabriela ya estaba despierta, como siempre. Era la primera en levantarse, preparar el desayuno y revisar cada cosa en la casa, aunque insistiera en qu