Cuando Lautaro entró al túnel rumbo a los vestuarios, sentía que caminaba flotando. Sus piernas iban casi por inercia, como si el cuerpo todavía no se diera cuenta del partido que acababa de jugar, de la hazaña que acababa de firmar. A cada paso, los ecos del estadio parecían seguirlo: los cánticos, los bombos, los gritos desbordados que lo habían empujado en cada carrera.
Pasó frente a un grupo de voluntarios, algunos le pidieron fotos, otros apenas le palmaron el hombro murmurando “¡Crack, La