Martes por la mañana. La escuela San Martín ya abría sus puertas, pero ese día Lautaro no iba a pisar sus pasillos. Eran las 6:34 a.m. cuando su celular vibró sobre la mesa de luz. Apenas despertaba, con los músculos aún adormecidos del entrenamiento del día anterior. Lo tomó con desgano, sin mirar quién era. Pero al ver el nombre en pantalla, su cuerpo reaccionó con un sobresalto: “Agustina”.
—¿Hola? —respondió, con voz ronca.
Del otro lado, un silencio extraño. Solo se escuchaba su respiració