La estación de policía olía a café frío, cigarrillo rancio y papeles viejos. Dos oficiales hablaban en voz baja junto a una de las oficinas traseras, sin imaginar que la amenaza ya había entrado mucho antes que ellos.
—El nombre que dio la chica, “La Rusa”, está en algunos informes viejos —dijo el oficial Rivas—. Extorsión, manipulación de menores, conexiones con redes de trata. Pero nunca pudimos probar nada.
—Y ahora aparece el nombre en medio de un doble homicidio —respondió el subinspector