La tarde había caído como una manta tranquila sobre la ciudad. El cielo estaba pintado de tonos naranjas y azules, y Lautaro, después de pasar horas en su habitación dándole vueltas a las ideas, decidió que era momento de hablar. No podía guardárselo más. Necesitaba decirlo. Necesitaba que las dos personas que más lo marcaban en ese momento supieran lo que había decidido.
Bajó a la cocina, donde Erica ya estaba tomando mate con Gabriela. Se sentó frente a ella, sin decir nada al principio. Solo