El sol caía fuerte sobre la cancha de la escuela, marcando la tarde con ese calor pegajoso que hacía difícil moverse. Los gritos de los chicos, el silbato de Sergio y el eco de los balones golpeando contra los arcos llenaban el aire de energía. Era día de práctica, y esa vez no sería una más.
Lautaro cruzó el portón con una mochila al hombro y los botines colgando. Su corazón iba rápido, pero su rostro mostraba serenidad. Cada paso lo alejaba un poco más del silencio en el que había vivido y lo